Inundar la zona
DARÍO FRITZ

El antídoto asomaba inescrutable y el tiempo se afianzaba como una losa comprimiendo cualquier intento de ver la luz. Una escalada con presagios de imparable y consecuencias irreductibles. La marea conservadora en el mundo, con claros indicios de revival fascista de ultraderecha, ha sacudido la cotidianidad y puesto a orillarnos para que el vendaval impacte con el menor estrago posible. A su irrupción, enarbolada como fenómenos extravagantes por Orbán en Hungría, Netanyahu en Israel y Bukele en El Salvador, le siguieron con sorpresa la Italia de Meloni y la Argentina de Milei, hasta que Trump a partir de noviembre de 2024 se lo apoderó como punta de lanza y lo transformó en avalancha desde entonces en América Latina.
Los cambios en el humor social, exaltados por el individualismo y la apuesta por cambiar sin atender a retrocesos, fueron exprimidos con astuta persuasión electoral. La herramienta digital se convirtió en un coto inexpugnable y desde allí se libraba la batalla a todo o nada alimentada intencionadamente por las redes de los Musk y Zuckerberg, lo que Steve Bannon, el asesor del primer gobierno trumpista, llamaba “inundar la zona (flood the zone)”; odio, mentiras, difamación. Todo valía —y aún sigue— si el resultado final les correspondía: hacerse del poder.
Cuando la obscenidad parecía perpetuidad, húngaros, serbios y brasileños, en ese orden, marcaron el atajo que quebranta tanta impostura. Cada uno con recetas propias, exitosas y ejemplares. En Hungría, con la organización partidaria, pudieron derribar a Orbán en abril pasado. En Serbia con la unión que encabezaron los estudiantes, convenciendo a un arco de ideas variopintas y contrapuestas, pero necesario para hacer caer en las urnas al régimen conservador. En Brasil, con impronta de milagro, que no lo es tal, donde confluyeron organización partidaria y apolítica, liderazgo, acciones de gobierno y el imprescindible recurso de las redes sociales, con armas similares a las de Bannon y un contenido aterrizado en hacer ver los beneficios de sostener lo que se tenía, que no estaba mal. A Lula da Silva.
En el fondo, tres estrategias para hacer de la democracia una muralla ante los déspotas.
Si a los jóvenes se los arrincona con escasas oportunidades laborales y un futuro poco idóneo para la independización y la convivencia con un medio ambiente amigable, los estudiantes serbios que se fueron por la confianza en sí mismos, al cabo de dos años de protestas, represión policial, diálogo con las comunidades rurales, ajenos a los algoritmos, las redes y las organizaciones tradicionales como partidos y medios de comunicación, presentes en la calle y en estado de asamblea permanente sin menoscabar diferencias políticas, destronaron en las urnas al régimen de Vučić, con más de una década en el poder. Su caso único, liderazgo estudiantil para acabar con el despotismo, demostró que con diálogo, sin estructuras consolidadas, defendiendo ideas nuevas, es posible una sociedad que se pretende democrática. Y que ahora deberá demostrarlo -el siguiente paso más complejo-, ejerciendo el gobierno.
En Brasil, mucho se ha destacado el uso de las redes sociales como un instrumento esencial del triunfo de Lula da Silva. Su revolución para levantar la derrota de la primera vuelta estuvo en centrarse en los mismos instrumentos de la ultraderecha para que el mensaje llegara y no se perdiera entre los algoritmos manipulados como en el caso de Meta. Sin mentiras, odio ni difamaciones contra el bolsonarismo —el mensaje nunca fue confrontar ni referirse a ellos, ni siquiera para rectificar su desinformación, sino mostrar lo propio—, las mismas tácticas de la ultraderecha en redes le sirvieron en tres semanas para llegar a más de diez millones de personas. Y combatir el abstencionismo y el voto en blanco. Pero a la par, hubo un trabajo boca a boca de los militantes y de gente preocupada por un futuro de inequidad, pérdida de derechos y, sobre todo, de destrucción democrática, que se volcó a las calles para sumar votos. Un Lula, que puede ser odiado por cerca de la mitad del país, pero a quien se le acepta su liderazgo, y una serie de medidas sociales gubernamentales, adoptadas a tiempo entre la primera y la segunda vuelta, complementaron la afluencia de casi tres millones de nuevos votantes que revirtieron la derrota en la elección presidencial de principios de octubre.
Los embates del odio, el negacionismo, la impronta de la desigualdad o la difamación, no terminarán por estas vueltas de tuerca. Que Trump salga muy raspado en su elección legislativa, no le hará cambiar el tinte de la cabellera. Intentarán reforzarse, potenciar el autoritarismo o cambiar de máscara. De eso se trata cuando al poder se aferra. Inundar la zona bien sirve de metáfora para demostrar que las batallas se dirimen en el terreno. El digital o el del barro. Quietos o dormidos, el agua llegará al cuello.





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