Informar para contar
- Territorios Baldíos

- 9 jul
- 5 min de lectura
DARÍO FRITZ

La senda del medio suele ser la más vilipendiada. Genera el mayor número de bocinazos en la avenida de varios carriles o lleva a denigrar al que busca mesura entre argumentos extremos porque supuestamente no se define. Queda en el medio quien reclama airado por la lentitud en la atención del servicio, rechazado por el burócrata y por quienes comparten la espera. Al periodismo le pasa lo mismo. Necesitado de equilibrios, el centro lo convierte en marginación y pieza de deshecho por quienes se obstinan en polarizar.
Así es como se lo ha comenzado a ver, azuzado en tiempos recientes desde la política. Los gobiernos de izquierda y centroizquierda de América Latina lo alimentaron, y también una derecha que lo fue moldeando al mismo tiempo y que hoy, girado hacia un conservadurismo de ultraderecha, se molesta por el cuestionamiento a su narrativa de mentiras y belicosidad. A la par se ha generado un correlato en el apego social al individualismo, la negación hacia la discrepancia y la denostación hacia el disidente y lo comunitario. En ese engranaje, la irrupción digital dirigida al hiperconsumo y la conversión de toda actividad a la compra y venta ha puesto a medios de comunicación, propietarios, directivos y periodistas en una supuesta disquisición entre escoger por blancos o negros, sin lugar para los matices.
“El periodismo siempre se vinculó al poder, expresándolo, deseándolo o queriendo destruirlo; siempre encontró referencia en el Estado, y se postuló como una especie de Estado ideal”, describía ciertamente en los años ‘90 el fallecido periodista Claudio Uriarte. Y se preguntaba algo que ya tiene respuesta, si “el periodismo no ha trascendido en realidad al poder formal”.
Sin lograr escapar a las trampas que va imponiendo el poder real y espoleado por las transformaciones sociales de las cuales no puede desenmarañarse, muchos han caído en ir por el blanco o el negro. Un blanco o un negro que de todos modos no es reciente. Hace cuatro o cinco décadas cuando reinaba el mundo bipolar de la Guerra Fría con la mirada puesta en Washington o en Moscú y sus satélites, desde los estados bajaban las presiones para decantar el lugar del periodismo. La periodista italiana Oriana Fallaci, toda una celebridad, sin pelos en la lengua le soltaba en 1982 a los colegas argentinos su convivencia con la dictadura militar, que fue muy cierta y así ocurrió en tantos otros países de la región. Cuando Mario Vargas Llosa hizo enojar a tantos por aquello de la “dictadura perfecta”, también se refería al periodismo callado y colaborador del régimen priista.
La manipulación de entonces dejaba de todos modos resquicios para la disidencia. Los propietarios de los medios, que no han perdido su conservadurismo de cepa, daban lugar a periodistas disidentes del estatus quo –los necesitaban para mostrar una cara de equidad que las audiencias reclamaban–, pero hoy estos ya no se dejan ver. Nadie pide por ellos. Periodistas incorporados a alguna de esas dos opciones, comprometidos con la línea editorial. Tanta uniformidad ha traído el vómito de otros que reticentes y negados a ese mundo estructurado en apoyos indisolubles a una causa, hallan espacios para hacer el buen periodismo del equilibrio informativo, la investigación rigurosa, el desollamiento del negocio de vender noticia, en frescas alternativas para sectores sociales que no han comprado la manipulación gubernamental ni el consumismo desaforado. Decenas de periodistas, reporteros gráficos, diseñadores, en grupos pequeños, sin redacciones elefantiásicas, ni costos descarados, aupados por audiencias confiables y la solidaridad económica de fundaciones y organismos dispuestos a pagar su factura de buen periodismo, abrieron espacios libres frente a la polarización para investigar, ahondar en el periodismo de datos, incluso sumergirse en el diarismo.
Las batallas ideológicas por usar al periodismo –el que se ha dejado al menos– como polea de transmisión de una narrativa del pelaje que se quiera, desde la izquierda a la derecha, de antiambientalistas a negacionistas, no dejan de ser vetustas. Sus herramientas y armas son las que las hacen diferentes en la actualidad. El condicionamiento publicitario lo fue en el pasado, a muchos se les surtía de sobres y otros resistían. Hoy, desde el poder se condiciona con el ingreso a una sala de prensa, se informa por X y TikTok para evitar el contacto con las fuentes, se potencian los influencers como propaladores a sueldo, con boots y algoritmos se diluye la crítica, los presidentes denuestan a los periodistas o los convierten en enemigos.
Cuando se critica al periodismo –lo cual no es nuevo– hay una carga de verdad en el amarillismo y la exageración que algunos pueden identificar en la información tendenciosa o en lo que no se dice, pero también allí se conjuga el rechazo a aceptar información que rompe con el formateo personal de ideas, conceptos, opiniones. ¿Por qué meten las narices en los yerros del líder que patina en cada defensa de su gobierno?, ¿para qué hurgar en cómo murió el narco que tantos detestan?, ¿cuestionan la medicina homeopática cuando me ha curado de tantas gripas?
Se escucha en la radio, se ve en los noticiarios televisivos, se lee en medios impresos y sus páginas digitales y redes, la frugalidad y superficialidad con que se informa. El entretenimiento de la televisión ha permeado para contar así las historias en el resto de los soportes de los medios. ¿Qué sentido tiene que en un título impreso o digital se insinúe una información que apenas en el quinto párrafo se va a explicar? Los editores creen que así atrapan interés cuando en realidad lo están ahuyentando.
Así como es legítimo preguntarse para qué escribimos o para qué se hace periodismo, podemos extender la pregunta a para qué informamos. Hacerlo no es solo un ejercicio de introspección, puede acortar el camino para distinguir qué tanto tenemos los pies sobre la tierra.
Diría que corresponde informar para revolverle las tripas al poder, aguijonear con hechos y datos oportunos.
Informar de lo que nos interesa y no de lo que otros imponen.
Para la memoria de lo que registramos, para no olvidar, para amputar lo superficial y pulverizar la mentira, las verdades a medias, los intereses circunstanciales.
Informar para limpiar la mugre, cavar en el hoyo hasta encontrar agua, conservar la proporción de las cosas, agobiar con la sensatez, promulgar la correspondencia con la honestidad.
Porque la información no se trabaja para envolver sandías ni vender lavarropas.
Porque no milita para una causa.
Para no caer en el eufemismo, la corrección política, las frases hechas, los lugares comunes.
Para saber si la petunia crece en el desierto, si la tierra es redonda o el autismo una consecuencia de ingerir paracetamol en el embarazo.
Para separar la paja del trigo, generar incomodidad, pulverizar el chisme. Sacudir la ignorancia.
Para que a quienes le corresponda hagan justicia.
Informar por el respeto a quienes quieren saber, porque hay vidas de por medio, porque se espera la certeza, porque hay que desconfiar, porque tiene sentido.
Para contar, contar, contar.
Publicado en Espacio4, Junio de 2026.
(La música solo intenta acompañar la lectura, y rendir tributo a Bonnie Tyler, en este caso)




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