Apátridas
- Territorios Baldíos
- 26 mar
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Actualizado: 26 mar

Darío Fritz
Una jueza acaba de deportar a Mo de Estados Unidos y él se queda perplejo. Tiene casi dos décadas en el país solicitando el asilo. Enseguida su abogada le dice sonriente que de todos modos es libre de seguir en el país e incluso trabajar. La perplejidad muda a desconcierto. En cierta manera ha corrido con suerte, aunque deberá cargar con una tobillera electrónica para que el servicio de inmigración sepa dónde está, como si fuera un convicto en régimen de libertad vigilada. Mo es de origen palestino y por lo tanto apátrida, sin un estado que lo cobije. No tienen a dónde deportarlo. Y los israelíes, obviamente no lo recibirán.
Desde que el derecho internacional definió a los apátridas en 1954, y los cobijó de alguna manera, las negativas de concederle la nacionalidad a minorías o poblaciones numerosas no ha cejado, y la condición persiste para los palestinos. Primero como víctimas del colonialismo británico y luego por la ocupación de sus territorios con la creación del estado de Israel en 1948 con la venia estadounidense. La historia se repite para los kurdos entre Turquía, Siria e Irak, los pembas en Kenia y los romaníes en Macedonia, o los musulmanes rohingyas, el mayor grupo apátrida en el mundo, perseguido en Myanmar.
“Uno debe saber sus orígenes”, le dice Mo autocrítico a su madre, después de olvidar el nombre de su abuelo paterno en una oficina migratoria. Vive en Houston donde vende tenis, bolsas y ropa de marca falsificada en la calle, tiene una novia mexicana -en algún rato lo dejará por un chef judío- y juega cartas con amigos en un café, entre ellos un israelí con el que se enzarza en discusiones sobre los orígenes árabes o judíos del cuscús y el hummus. Pero en un viaje familiar con su madre y hermano autista a Burin, su tierra natal en el norte de Cisjordania, descubre la espina dorsal de sus orígenes y qué es eso de ser apátrida. En el maltrato de los agentes migratorios que los hacen desvestir y destruyen pertenencias, en la mesa familiar entre jollof, falafel y otros platillos populares para enterarse cómo los colonos y el ejército israelí se apropian impunes de sus tierras y casas -juegan a que los enfrentarán como machos bravíos que no lo son, simplemente porque se trata de una disputa de manos contra fusiles. En los rechazos del 95 por ciento de los casos de solicitudes de permiso para moverse, ir a rezar a Jerusalén o cosechar sus olivos.
Si poco caso le hacía a las quejas de su madre sobre la violencia israelí contra sus compatriotas transmitida en los noticiarios, en Burin Mo lo palpa en la amenaza a punta de fusil de un colono cuando le regresa a su niño extraviado, en la masa de cemento del muro que divide a los pueblos de uno y otro lado y a la que su madre, supuesta ama de casa desideologizada, dice que se enfrenta con la resistencia.
Seguramente usted lo ha intuido, Mo es el personaje de (escasa) ficción de una serie de TV por streaming, que va por su segunda temporada. Bajo el título de su apodo, Mo retrata con sencillez, calidad, drama y buen humor, la vida de un palestino apátrida bajo la espada de Damocles del sistema migratorio estadounidense y con los ojos puestos en los abusos israelíes, los mismos que alguna vez también fueron apátridas. Mo es una contundente y eficaz herramienta de información y comprensión para estos días. Una historia en paralelo a la crudeza del oscarizado documental No other land, revelador de la despiadada violencia de los militares israelíes en la destrucción de la aldea cisjordana de Masafer Yatta. Una mirada desde el candor, que no es superficialidad, frente a la agria Teherán y las guerras de espionaje entre Israel e Irán.
La ficción del cómico monologuista y escritor estadounidense Mohammed Amer, con destellos de biografía personal, permite entender cómo los soldados del gobierno de Benjamin Netanyahu masacran a diario civiles desde octubre de 2023 -50,183 muertos en la Franja de Gaza-, provocan la peor crisis humanitaria en su historia y sus colonos se hacen de las tierras de sus vecinos, aunque esto lleva ya varias décadas.
El tiempo de ser apátridas será temporal, da a entender la madre de Mo, aunque se extienda en siglos de persecuciones, discriminación y crímenes: “El mundo siempre tratará de destruirnos -lo arropa ella-, y cada vez que lo hagan, sonreiremos, porque sabemos quiénes somos”. Mo proyecta, de todos modos, un mensaje ácido junto a su tío campesino, tomado de una canción tradicional: “El filo de una daga, es mejor que el gobierno de un canalla”.
(La propuesta musical solo pretende acompañar la lectura)
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