Un rayo de luz
- Territorios Baldíos
- 20 ene 2023
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 4 feb 2023
Darío Fritz

Si algo está fuera del raciocinio y la descripción del ser humano son los primeros rayos de luz que traspasan los párpados aún cerrados al momento de nacer. Se nos hace tan rutinario ver esos hilos incandescentes, sea en la explosividad de luz de un mediodía de verano o en la caída de un atardecer, que como la función de respirar, su valoración aumenta de manera proporcional a la pérdida. De niños el juego del gallito ciego nos ha puesto en aprietos porque no soportamos la incomodidad de la oscuridad y la mayor parte de las ocasiones recurrimos a la trampa de aflojar la cinta que nos cubre los ojos. Se nos enseña que la mejor manera de avanzar en un espacio en penumbras es
tapar un ojo para que pronto el segundo descubra las formas difusas. En la escuela nos resultaba intricado de entender aquello de viajar a la velocidad de la luz, casi 300,000 kilómetros por segundo. Su velocidad es insuperable se nos enseñaba, pero nadie preguntaba por qué. El estoico Hubble dio la última gran sorpresa en 2022 al captar la luz proveniente de la estrella más lejana, Earendel, después de un viaje de 13,000 años y que el propio telescopio demoró diez días en hacerlo llegar al centro de la NASA. Lo imposible para la ciencia es posible para la ciencia ficción. Star Trek, La Guerra de las Galaxias, Lightyear o Interestelar utilizan parcialmente algunas teorías científicas para darle algo de razonabilidad a sus historias de viajes imposibles si se les aplicara racionalidad. Sólo para hacer creíble lo que no es. Los más creyentes en religiones la tienen más fácil: hágase la luz, dice el Génesis, y así Dios creó el mundo. No hay nada que comprender allí. Una prueba de la necesidad de la luz -sin entrar en la trascendencia de la fotosíntesis, los trastornos depresivos y los inconvenientes para dormir-, la viven los rescatistas. Con un grupo de colegas alguna vez supimos lo desamparado que se puede sentir uno en una prueba de sobrevivencia, tratando de atravesar boca abajo un laberinto de paredes de latón en espacios muy reducidos, escasos de movilidad y oxígeno, y a oscuras, mientras los entrenadores golpeaban el metal para sacarnos de quicio. Los que nacimos en el campo asociamos la luz a precisar la hora sin revisar un reloj, a respetar de niños la fantasiosa “luz mala”, sinónimo de terror para no salir en las noches, o a detectar los peligros de las tormentas eléctricas con rayos por doquier que matan el ganado y pueden destruir la economía de un agricultor. Ahora parece que los pararrayos, el invento de Benjamín Franklin de 1752, podría ser superado por otro haz de luz, un rayo láser que contrarrestaría desde tierra la energía eléctrica de las nubes como si fuera un espejo que regresa al cielo la carga energética. Ocho minutos y 19 segundos tarda en iluminarnos el primer rayo lanzado por el Sol. Pero hay algunos a los que no les llega. Un ilustre recluso condenado a morir en una cárcel de máxima seguridad de Colorado, Estados Unidos, se ha quejado que después de más de cinco años presos; “no he visto la luz del sol”.
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