Grescas de barrio
- Territorios Baldíos
- 27 ene 2023
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 16 feb 2023
Darío Fritz

Una mujer casi sexagenaria pregunta a otra: ¿por qué tala el árbol? La otra, de unas cinco décadas responde: No lo talo, sólo hago quitar las ramas con varios nidos para que no sigan ensuciando mi camioneta. No tiene autorización, soy la administradora del edificio, dice la primera. Pues usted no me resuelve, se defiende la segunda. Mantienen la discusión y a la distancia. El podador baja del árbol y minutos después llega un
grupo de policías llamados por la primera mujer. El armisticio se firma con compromiso de la mujer del hacha de plantar algunos árboles como resarcimiento. Los cinco policías se retiran con sonrisas artificiales y una gratificación que hace valer la pena velar por la seguridad del condominio, en realidad de ambas mujeres. La vida diaria de los ciudadanos se conforma por reyerta de este tipo. O el disgusto de que un examen médico en el hospital público tocará dentro de ocho meses. La molestia porque los gastos escolares se llevarán este año una mayor tajada del presupuesto familiar. El temor de las mujeres de recorrer una calle al regresar del trabajo cerca de la medianoche. Pero hay quienes tienen otras preocupaciones muy lejanas a la de un carpintero, repartidor de alimentos o cocinero de un puesto callejero. Un presidente del país le dice a la oposición: “deben hacer una revisión de su estrategia, les afecta mucho su racismo y clasismo”. El opositor responde: “amenaza al orden constitucional, y de eso a un autogolpe de Estado hay solo un paso”. Otro presidente les refriega a sus opositores: “No aprecian la democracia, quieren un país para pocos, sin salud pública, sin educación, con una justicia que sirva a los poderosos y sin derechos para quienes trabajan”. Del otro lado le responden: este es “un presidente que se comporta como representante de una facción”. Un tercer caso de jefes de Estado: “No sé si el expresidente lo ordenó, pero lo que sé es que tiene culpa porque se pasó cuatro años instigando odio”. El expresidente minimiza: “Las manifestaciones pacíficas, dentro de la ley, son parte de la democracia”. Pero cuando esos ciudadanos comunes que pagan su luz, gas, impuestos, se sientan frente al televisor, leen en su celular, recurren a redes sociales o escuchan en radio a políticos o gobernantes, su vida cambia. El consumo de información política, según un estudio reciente realizado por la Universidad de Toronto, genera más estrés y repercute de manera negativa en la salud emocional de la gente. Otro estudio, en España, decía en 2021 que 38 por ciento de la población evitaba las noticias políticas porque le generaba agotamiento y estados negativos. Está claro dónde se sufre más para esos abnegado interesados en la política: la consultora Edelman situó, de acuerdo con respuestas a una encuesta, que en países como Estados Unidos, Colombia o Argentina, la polarización es tal que no hay el menor diálogo entre quienes piensan diferente; mientras en Brasil, México o Francia se encuentran al límite de esa falta de diálogo. Son las brechas que cortan de tajo la convivencia, inspiradas y alentadas por quienes elegimos para gobernar y aquellos que pierden. Pero en casa, la calle o el trabajo la gente vive ajena a esas grescas de los políticos, hijos sanguíneos de Mefistófeles. Grescas que si no fueran alentadas por los medios de comunicación, serían de barrio.
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